Publicado en los diarios de Grupo Joly, 4 febrero 2010.
Cultura: la hermana pobre de esta crisis.
Dr. Manuel Ruiz Romero
Historiador del Centro de Estudios
Históricos de Andalucía
Somos muchos los antipatriotas que hablamos
con esperanza de la superación de esta crisis. Y, aunque todavía su
final es difícil adivinar, a falta de un mayor conocimiento de su
origen, ahora nos preocupa más sus consecuencias presentes y futuras en
el conjunto de la sociedad. Los recortes presupuestarios nos afectan
formalmente a todos, o mejor, a unos más que a otros, hasta el punto de
que no falta ayuntamiento, sea del color que sea, que vea afectado sus
servicios, recursos y posibilidades. Algo que comienza a ser lejano y
crónico en esta joven democracia y no por ello poco preocupante.
Vamos por partes. Resulta contradictorio que un
gobierno de izquierda acuda antes al rescate de perdidas en entidades
bancarias que de las cenicientas de la Constitución, que es en lo
que se han convertido nuestras corporaciones locales. Por cierto, de
entre ellas, no se escucha que las Diputaciones estén en crisis y, ahora
que nos invade una ola reaccionaria que pretende eliminar jacobinamente
el Estado de las Autonomías como uno de los grandes logros de la España
del siglo XX, sería un buen momento histórico para cuestionar su
engañoso protagonismo, que no hace sino restar proyección política y
pública a los ayuntamientos. Va siendo hora de que esta democracia
rebaje a las artificiosas entidades provinciales, algunas competencias y
recursos que suenan ya a decimonónicos, en beneficio de un municipalismo
pleno y vital, siempre invocado y, por contra, otras mil veces
despreciado.
En todo este crudo panorama institucional que
tiene su obvia componenda en la identificación y respeto de la
ciudadanía para con la propia democracia, comienzan a trascender datos
que manifiestan cómo los primeros recortes presupuestarios comienzan por
las Delegaciones de Cultura de los municipios. Las actuaciones desde
este ámbito de responsabilidad corporativo son mermadas en beneficio de
otras áreas más asistenciales, mediáticas o materiales. Alguna de ellas
más tangibles, otras más inmediatas e imprescindibles; pero en cualquier
caso, muchas de ellas, tan discutibles en su oportunidad como debatible,
tópico y subjetivo, tiene un recorte que ya parece obligado comenzarlo
por los recursos de la acción cultural.
Quiero decir con todo esto, que el peligro de un
pensamiento totalitario, maniqueo y fácil se esconde tras la crisis que
padecemos, y junto a él, el recurso a argumentos o respuestas cómodas
políticamente correctas: es decir, tradicionales. Por ello, en tiempo de
crisis y obligadas podas presupuestarias sería bueno y estético –y por
lo tanto, políticamente incorrecto- limitar tanto el número de asesores
como el sueldo a nuestros representantes locales, al menos, ponderarlos
con el número de habitantes del municipio. O que en aras de un Estado
definido como aconfesional, habría que reconsiderar tanta ayuda pública
a celebraciones confesionales y a sus ritos públicos, cuando no a los
equipos de futbol que para eso son sociedades anónimas deportivas.
Del mismo modo, en una Comunidad Autónoma como la
nuestra donde la cultura se mezcla por mor de nuestra singular identidad
con las Fiestas –Mayores y menores- resulta necesario replantear –que no
limitar- tanta ayuda pública a las mismas. Adivino que no faltará quien
alegue que ello daría alas a una reacción capaz de defender la religión
católica atacando a la propia democracia; pero, ahora menos que nunca y,
particularmente, a este pueblo andaluz, hay que caer en esa simplona y
peligrosa equivalencia de que toda fiesta es cultura y que la cultura es
siempre fiesta. En cualquier caso, la crisis implica también fiscalizar
y evaluar con rigor: verbos cotidianamente marginados de la acción
institucional.
Hoy, que nadie es capaz de cuestionar la cultura
como derecho indispensable de una sociedad moderna y globalizada;
expuesta a numerosos conflictos y amenazas ante un futuro convulso y
esperanzador a la vez, resulta harto contradictorio continuar con esta
equivocada norma reductora de prácticas culturales argumentadas por una
grave crisis. Enterraríamos un importante yacimiento de empleo y
condenaríamos a numerosas empresas del sector. Las industrias culturales
quedarían convertidas en meros tenderetes artísticos. Que la cultura
resulta generadora de empleo y riqueza es incuestionable dado su impacto
directo, indirecto e inducido.
La cultura es un derecho –tanto- como otros que recoge la
Constitución. Cualquier recorte es una merma a los valores a los que una
sociedad más humana y civilizada debe aspirar. Lo demás es una práctica
reaccionaria y peligrosa. Eso sí, con permiso de la SGAE que tampoco
parce que tiene crisis. Sin política no hay democracia, pero sin cultura
–queda claro pues-, que tampoco.